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jueves, 25 de octubre de 2012

Coleccionista de recuerdos



Cada año me dedico un par de días a eso que muchos llaman "limpieza general de la casa". Yo me limito a tirar o donar ropa, zapatos, cachivaches guardados con el conocidísimo "por si..." En estos años me he desecho de cosas, que como la ley de Murphy indica, me han sido absolutamente necesarias en menos de un mes. 
Admiro a esas mujeres previsoras, que guardan con esmero ropa de los 80, convencidas de que en la moda todo vuelve. Son las que mejor visten a sus hijos en las obras de teatro en la escuela, en carnaval y fiestas varias... Yo me desespero por encontrar en mi armario un trapito para Hugo que le haga parecer un hippie.
Pero hay cosas que jamás saldrán de casa envueltos en bolsas de basura.
Mis libros y todo aquello que escribo.
Mi necesidad de expresión se remonta hasta mi edad escolar. Guardo páginas de libros de texto, con poemas escritos en los márgenes, cuando el aburrimiento me llevaba a evadirme en clase de religión. Hojas amarillas, con la tinta corrida, con sospechosas manchas (que prefiero ignorar), servilletas de papel, trocitos de cartón, infinidad de materiales que una vez aliviaron el peso de las palabras silenciadas.
Anoche, rescaté del fondo de una caja camuflada entre el desorden del canapé (y aseguro que fue un rescate en toda regla, aún ahorrándome el boca a boca), una de esas libretas que compro con el firme propósito de destinarla a un objeto concreto. Ya! En ellas puedes encontrar, recetas de cocina, dibujos, mios y de Hugo, relatos, números de teléfono de no sé quien, sumas y restas de ingresos y gastos, listas de la compra, descripciones del estado de fiebre de cuando mi hijo tenía dos años y se empeñaba en traer a casa todos los virus de la guardería (el pediatra flipaba conmigo cuando sacaba mi hojita),...
Obedeciendo un impulso, voy a compartir con vosotros algo que escribí hace años.
Siempre he creído que la historia ha de ser contada, para comprenderla, y en ocasiones para no repetirla. (No seáis crueles, vale?)

Intento vivir en este mundo de cuerdos cuadriculados, acallando al yo que llevo dentro, el que carnal y en espíritu grita enloquecido ahogándose en tanto aire de orgullosa responsabilidad.
Idiotas profundos, jueces de leyes en los que no creo.Cumpliendo reglas, normas establecidas de algún pueblecito donde todavía llama a la puerta Avon. Donde las mujeres envejecen, prematuras, sin conocer placeres de pecados de no sé que religión. Donde el hombre, aún es hombre, donde al niño le crecen cables donde hubo corazón. Donde clasificados estamos, en números nos convertimos y la productividad es nuestra mejor acreditación.Donde desear lo prohibido es silenciado, por alguna oscura razón.
Flotar entre la sucia miseria de quien no siente más que el perfume de alguna flor.

Levar anclas, deseo, y lanzarme, sin brújula ni mapas, en busca de ese pueblo mío, que sólo me es permitido ver en sueños.
Dotarme de alas que arranquen mis pies de esta sucia tierra que piso día tras día, temo echar raíces en prados donde ya no crece la mala hierba.
Intentan pintarme de colores, paleta meticulosa de un artista de manual.
No se dan cuenta que mis ojos son daltónicos, que amo las asimetrías, que paro deslumbrada ante tullidos, poetas de metro, ciudadanos desnudos con miradas perdidas, de otros mundos,...fotografías desenfocadas, hambre de promiscuidad, sed de momentos para recordar. (...) Muñeco de feria, hombre bala, pitonisa, trapecista a la que empresario escrupuloso le impone redes que le impiden mostrar el gran número. Salto mortal que le reviente entrañas, cerebro y corazón.

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